Por María Cardona
“Que el alimento sea tu medicina, que tu medicina sea tu alimento”. Hipócrates
Hace un par de días se conmemoró el día internacional de la alimentación, un momento propicio para volver a poner sobre la mesa los grandes vacíos que existen sobre el tema: desigualdad alimentaria, engaño publicitario, corrupción, explotación de la tierra, sobreproducción y contaminación de los alimentos, etc. Conmemorar el día de la alimentación es como celebrar la muerte macabra de un sistema que mantiene con hambre, desnutrición y mal nutrición a la grandes mayorías de poblaciones alrededor del mundo (que a diario sobreviven, muchos de comida recolectada de grandes basureros, donde a veces les dejan coger lo que otras personas, inmersas también en el sistema, creen haber comprado como “alimento”).
Alimentación según la definición de wikipedia es: cualquier sustancia normalmente ingerida por los seres vivos con fines nutricionales, sociales y psicológicos. Bajo esta definición, muy poca de la comida que a diario es llevada a las mesas de los hogares, resulta ser alimento. De ahí viene que no sólo las personas con limitado acceso a la comida padezcan de desnutrición, sino se crea el término de mal nutrición, que proviene de la ingesta de comidas mal producidas y contaminadas. Las grandes corporaciones de comida han sustituido el imaginario colectivo de la gente a través del engaño del paladar, con sabores intensos químicamente fabricados para la adicción a los mismos. Algunos ejemplos son: el glutamato monosódico (presente en un sin fin de alimentos empacados), el azúcar blanca o morena y refinada (usada en muchos productos de comida y responsable de enfermedades como diabetes y obesidad). O las industrias de pollo y carnes con sus diferentes “sabores” a base de químicos, pretenden aparentar un sabor natural por lo creado artificialmente en laboratorios: barbacoa, asados, crispy, etc. No son mas que juegos de laboratorio, nada o muy poco de origen natural. Con una producción de animales a base de hormonas, responsable número uno de la deforestación a nivel mundial.
La comida creada como producto para consumo y no como alimento, supera la imaginación, basta ir a un supermercado y leer los ingredientes que contiene cada empaque.
¿Y cómo llegamos a valorar la comida mal producida más que los verdaderos alimentos que nutren y favorecen el crecimiento de nuestros cuerpos mental, físico y emocional?
Para el sistema capitalista, el único fin es la explotación de los recursos naturales y la esclavitud de las personas, ejemplo de ello es la agroindustria que a costas de sacar mayor número de producción -desde la mal llamada “revolución verde” en los años 70- (Y aún hoy en día) consigue aniquilar grandes reservas de bosques nativos y selváticos para la siembra de monocultivos y la ola de insumos para el uso extensivo de este tipo de agricultura: semillas genéticamente modificas que sobreviven solo a través del paquete tecnológico que a base de productos químicos contaminan la tierra, cuerpa de la vida en general y les cuerpos-territorio de las personas. Haciéndonos creer que a mayor producción de alimentos, se reduciría el hambre en el mundo. Sin embargo la situación de pobreza, desnutrición, mal nutrición y hambruna aumentó; muchos campesinos y campesinas se vieron obligades a vender sus tierras, agudizando con ello la crisis alimentaria y favoreciendo a los terratenientes de la posibilidad de hacerse de esclavos sumisos. Además hubo un aumento masivo de alimentos -que a diario se desperdician-.
En mi recorrido por Latinoamerica durante el 2012-2015, visitando muchos mercados populares, vi cómo (sobre todo en las ciudades) la cantidad de “basura” superaba mi imaginación: toneladas de alimentos son llevados a los basureros a causa de la “estética alimenticia” que sostiene una sociedad inhumana, ignorante, arrogante, que busca alimentos “bellos”, grandes, impecables e importados, y que al no entrar en esa “estética” son desechados. Esto contrarresta el discurso de que “a mayor producción, menos pobreza” o “mayor producción de alimentos, menor cantidad de personas con hambre”.
En Guatemala la situación se vincula con la realidad mundial, sin embargo la desigualdad social es tan evidente que nos arroja un panorama sombrío del tema. Desde el inicio de la guerra y el genocidio, la crisis alimentaria aumentó como muchos de los problemas estructurales que sostiene el poder económico y empresarial del país. Mucho del conocimiento y prácticas ancestrales fueron -al igual que las poblaciones- arrasadas y se marcó de forma más implícita la brecha entre la realidad campo-ciudad. Esto ha llevado a un desconocimiento de la riqueza alimenticia que existe en estas tierras. Recordar que habitamos lo que fue una selva tropical nos puede dar mas de una idea de la cantidad de alimentos ricos en nutrientes y micronutrientes, vitaminas, minerales y una cantidad de diferentes compuestos que necesitan les cuerpos para su buen funcionamiento físico, mental y espiritual, tan escasos hoy en día por la mayoría de comida que se encuentra en el mercado y sobre todo en supermercados. Desde la guerra y el genocidio en el país ninguna persona que ha llegado a los puestos de poder, tanto del ejecutivo como de la secretaria de seguridad alimentaria, han promovido una verdadera reforma que visibilice el problema. No he conocido ninguna política pública en favor de la alimentación; al contrario, la hambruna sigue cobrado miles de vidas. El tema alimenticio ha generado riquezas a empresa y personas en puestos de poder con malísimos inventos, el último ejemplo de ello es la gran estafa de la “súper galleta” que durante el actual gobierno -en medio de una pandemia- otorga un presupuesto elevado a un producto que no deja de ser eso: producto para el consumo y no alimento para la vida. Un producto que contiene muchas vitaminas creadas en laboratorios, cuando tenemos en este país una cantidad increíble de super alimentos, especies nativas que por miles de años acompañaron el crecimiento de una de las civilizaciones más desarrolladas: el mundo maya y toda su sabiduría. Como siempre, los pueblos y comunidades organizadas han sido quienes con su trabajo de hormiga han podido crear opciones viables, de bajo presupuesto y en rescate de las semillas y los alimentos ancestrales: el amaranto, un grano bondadoso que con más de cuatro mil años de antigüedad, hoy comienza a ser visible y recobrar su importancia. Asimismo muchas otras plantas como la chaya, el macuy, el chipilín, el apazote y diversidad de grandes maestras de la medicina discriminadas por la influencia capitalista, haciéndonos creer que es “comida de pobre”, escondiendo todo el tesoro que contienen, disminuyendo su producción de forma indirecta, por el uso excesivo de agroquímicos que no deja crecer las “malas yerbas”.
Ante esto, el llamado para unirnos a la celebración del día internacional de la Alimentación, es hacer uso de nuestro poder como consumidores responsables. Si tenés el privilegio de leer en este país, usá tu capacidad, tu inteligencia; leé la etiqueta de lo que compras (si te gusta el supermercado), exigí el uso correcto de los ingredientes con que sepreparan las comidas, considerá a quién le das tu dinero, a quién le comprás, valorá los verdaderos alimentos, los que vienen de la tierra, mejor si son de origen orgánico, de semillas criollas y nativas, doná lo que no te vas a comer y aquello que más te gusta comer y que sabés que es de alimento. Salí, usá tu voz y tu acción. Ya basta de seguir manteniendo un sistema que no nos sostiene, un sistema que nos hace pobres de pensamiento, pobres de espíritu y adictos a la explotación.
“Que todos se levanten, que nadie se quede atrás, que no seamos uno, ni dos, sino todos”. Popol Vuh





